miércoles, 11 de noviembre de 2015

Semblanza de mi padre

                                    Agustín, Lola y Margot Coll Payares

Sin duda alguna, Agustín Coll Payares -mi padre- fue un hombre polifacético. El y sus dos hermanas mayores, Margot y Lola, no tuvieron una infancia facil porque quedaron huéfanos siendo aún niños. Mi abuelos, Carlos Romeo Coll Abreu y Concepción Payares de Coll se habían radicado en la ciudad de Calabozo (capital del Estado Guárico hasta 1934 cuando el dictador Juan Vicente Gómez la traslada a San Juan de los Morros), donde habian instalado un comercio para la venta de alimentos y artículos de diversa índole. Allí trancurre la primera infancia de mi papá y mis tías, pero la muerte de ambos obliga a los tres hermanos a trasladarse a Caracas en busca de un mejor destino. El viaje resulta toda una odisea, pues el traslado lo hacen en una carreta tirada por caballos y se tarda tres días por caminos de tierra y acampando en posadas a la orilla del camino.

En Caracas reciben ayuda de sus primos los Landaeta Payares hasta que logran conseguir trabajo. Mi tía Lola (María de los Dolores) consigue ingresar al Banco de Venezuela y mi tía Margot (Carmen Margarita) ingresa en la joyería Gathman Hermanos. Mi papá, con apenas 14 años y con la palanca de su hermana, también se emplea en el Banco de Venezuela como office boy. Ahí comenzará una larga carrera de más de 40 años, que le permitirá jubilarse siendo todavía bastante jóven. La necesidad de trabajar le impide estudiar y no completa ni siquiera la primaria. Sin embargo, una inteligencia natural le permite abrirse paso y afrontar todas las vicisitudes de la vida.

En el Banco escala muchas posiciones hasta llegar a la gerencia del departamento de giros al interior, cargo muy importante en aquella época. Además de sus funciones en la sede del Banco en la caraqueña esquina de Sociedad, asume el transporte de dinero en su propio carro a algunas sucursales del interior de Venezuela. De esta forma tambien satisfacía su aficción por viajar y hacer excursiones, además de reunirse con amigos a donde fuera. Muchas veces me tocó acompañarlo en esos viajes y disfrutar de su grata compañia y camaradería. En todas partes era recibido con cariño y alegría porque además de su simpatía natural, tocaba muy bien la guitarra (mi abuela lo había enseñado desde niño) y le gustaba compartir su amistad, nutriendo la conversación con anécdotas y chistes que hacían cada velada muy grata.

Entre sus hobbies estaba montar a caballo y para tal fin se compró un caballo de paso colombiano que se llamaba Calcetín y lo tenía en un establo cerca de Sartenejas, donde también un grupo de amigos -en su mayoría médicos- tenían la misma afición. También era aeromodelista consumado, pues construía sus aviones y los volaba, primero con cuerdas y después a control remoto. Pienso que su amor por la aviación le vino por sus innumerables vuelos al interior del país en misiones del Banco y por su amistad con algunos pilotos de la Base Aerea de Maracay, como Jesús Alberto Zafrané. También era aficionado a la caza y la pesca, deportes que practicó intensamente. Igualmente se destacó en boxeo, bowling, softball, dominó y bolas criollas. La pintura al oleo fue otra de sus pasiones temporales, llegando a realizar varios paisajes, marinas, flores y naturalezas muertas.

El Llano venezolano, su tierra natal, lo atraía particularmente y con frecuencia visitábamos el Hato Carutal situado cerca de Calabozo, Edo. Guárico, propiedad de Julio Rodríguez Montenegro casado con Angelina Landaeta, prima hermana de mi papá. Alli participábamos de las labores de arreo del ganado y ordeño de las vacas, a la par de los peones de la hacienda. También practicábamos la cacería y la pesca de río.

Le encantaban los animales y en mi casa siempre hubo perros, pájaros de distintas nacionalidades y especies, palomas, gallinas, venados, lapas, morrocoyes, babas, loros y muchos otros. Era una persona que no le tenía miedo a nada, como lo demuestra su afición a los juegos pirotécnicos lo que le valió el sobrenombre de "el piro" . Quizás su duro tránsito por la vida le labró un carácter fuerte y una personalidad a prueba de fracasos.

Mis hijos, a diferencia de mi persona que no tuve la dicha de conocer a mis abuelos paternos ni maternos, lo apodaban "poropocho" y sus últimos años transcurrieron en una agradable casa que compró en El Junko, rodeada de pinos, donde vivió hasta su muerte en compañía de mi mamá y hermanos.

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